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VolverEDITORIAL: MI PEQUEÑA COLABORACIÓN EN IBO
26.05.2010
Llevo ya 5 años colaborando con Fundación Ibo, pero éste era mi primer viaje a la isla. Un gran momento. ¡Y encima para dar soporte a un proyecto como el de Fundación Barraquer! (www.co-barraquer.es)!
Llegar a Ibo fue toda una aventura. Para nosotros y para ellos. Elena Raposo y yo llegamos un día antes para tenerlo todo listo para su llegada. Al ir a recogerlos, nos encontramos con vacas en la pista de aterrizaje que, a pesar de que el ruido de las hélices se iba acercando, no se inmutaban. Por fin bajó el grupo de Barraquer, todos uniformados con camisetas de la Fundación e impacientes por ponerse a trabajar. Ahora faltaban los 400 kilos de material que, por ser muy pesados, debían venir en barco y no en avioneta. Esa noche en la playa se descargaron 22 bultos.
Al día siguiente, en las dependencias del CANI se organizaron hospital, quirófanos y personal de soporte. Se recibía a los pacientes, se les preguntaba sus datos y se les hacía pasar hasta que 2 oftalmólogos los visitaban. Oíamos una y otra vez “¡otras cataratas!”. Y a operar. Así hasta 71 veces .
Los pacientes pasaban pues a la sala de espera. Se vestían con los pijamas, gorros y escarpines necesarios y debían esperar hasta 7 horas sin beber ni comer por la anestesia. Allí , mientras, se les iba dilatando las pupilas. Impresionaba ver a toda aquella gente esperando, paciente, sin comer, sin beber y sin quejarse. Después les llegaba el turno del anestesista.
Y de allí al quirófano. La Doctora Barraquer opera siempre con música de fondo, desde ópera hasta los Beatles y a un ritmo incansable. Sólo un pequeño descanso de una hora para comer y vuelta al trabajo. Después de reposar y de algunas comprobaciones en el propio CANI y se les dejaba ir a casa, citándoles a la mañana siguiente.
Y ahí estaban todos. La mayoría todavía vistiendo los pijamas, e incluso los gorros. Se les entregó a cada uno un pack con colirios, medicamentos y gafas de sol para proteger sus ojos recién operados. La satisfacción era general. Los pacientes encantados, agradecidos y sobretodo sonrientes. Hasta un niño de 9 años con cataratas congénitas al que la doctora Barraquer logró hacer sonreír.
Ha sido una semana dura de trabajo, pero también una semana llena de experiencias muy enriquecedoras. La Fundación Barraquer ha demostrado toda su ilusión y sus ganas, y prometen volver el año que viene. Después de todos este tiempo en la Fundación he tenido la satisfacción de poner un granito de arena para mejorar la salud de la población de Ibo. ¡Sigamos adelante!
Llegar a Ibo fue toda una aventura. Para nosotros y para ellos. Elena Raposo y yo llegamos un día antes para tenerlo todo listo para su llegada. Al ir a recogerlos, nos encontramos con vacas en la pista de aterrizaje que, a pesar de que el ruido de las hélices se iba acercando, no se inmutaban. Por fin bajó el grupo de Barraquer, todos uniformados con camisetas de la Fundación e impacientes por ponerse a trabajar. Ahora faltaban los 400 kilos de material que, por ser muy pesados, debían venir en barco y no en avioneta. Esa noche en la playa se descargaron 22 bultos.
Al día siguiente, en las dependencias del CANI se organizaron hospital, quirófanos y personal de soporte. Se recibía a los pacientes, se les preguntaba sus datos y se les hacía pasar hasta que 2 oftalmólogos los visitaban. Oíamos una y otra vez “¡otras cataratas!”. Y a operar. Así hasta 71 veces .
Los pacientes pasaban pues a la sala de espera. Se vestían con los pijamas, gorros y escarpines necesarios y debían esperar hasta 7 horas sin beber ni comer por la anestesia. Allí , mientras, se les iba dilatando las pupilas. Impresionaba ver a toda aquella gente esperando, paciente, sin comer, sin beber y sin quejarse. Después les llegaba el turno del anestesista.
Y de allí al quirófano. La Doctora Barraquer opera siempre con música de fondo, desde ópera hasta los Beatles y a un ritmo incansable. Sólo un pequeño descanso de una hora para comer y vuelta al trabajo. Después de reposar y de algunas comprobaciones en el propio CANI y se les dejaba ir a casa, citándoles a la mañana siguiente.
Y ahí estaban todos. La mayoría todavía vistiendo los pijamas, e incluso los gorros. Se les entregó a cada uno un pack con colirios, medicamentos y gafas de sol para proteger sus ojos recién operados. La satisfacción era general. Los pacientes encantados, agradecidos y sobretodo sonrientes. Hasta un niño de 9 años con cataratas congénitas al que la doctora Barraquer logró hacer sonreír.
Ha sido una semana dura de trabajo, pero también una semana llena de experiencias muy enriquecedoras. La Fundación Barraquer ha demostrado toda su ilusión y sus ganas, y prometen volver el año que viene. Después de todos este tiempo en la Fundación he tenido la satisfacción de poner un granito de arena para mejorar la salud de la población de Ibo. ¡Sigamos adelante!
Johanna Daubanton.



